Página: Cabezo de la Mina

Cabezo de la Mina

Cabezo de la Mina

Introducción

El Cabezo de la Mina, antiguamente conocido como Cabezo de la Fuente seguramente, por la existencia de un antiguo manantial hoy extinto, se localiza en la solana de la Sierra de Orihuela, al norte de El Siscar. Dada su riqueza en minerales y su posición, muy cercana al límite municipal entre Santomera antiguamente parte del municipio de Murcia y Orihuela, su posesión fue motivo de conflictos entre ambos ayuntamientos.

El cabezo, al igual que la Sierra de Orihuela, pertenece al dominio bético, concretamente al complejo Ballabona-Cucharón, formación que se remonta al periodo Triásico. La secuencia litológica del Cabezo de la Fuente se compone de cuatro episodios de base a techo: una masa basal de metabasitas (explotadas en el s. XX para la construcción de carreteras), sobre la que se superpone un nivel de rocas carbonatadas. Por encima se encuentra un paquete de 20 metros de cuarcitas y filitas que, en su tramo central, de entre 6 y 8 metros, concentra el grueso de las mineralizaciones. Estas son fundamentalmente vetas de sulfuros y carbonatos cúpricos, además de algunas evidencias de oro, entremezclados con piritas, hematites y cuarzo. La serie termina con un techo de rocas carbonatadas que corona el cerro y donde también afloran carbonatos de cobre. La riqueza mineral de este enclave ha sido objeto de explotación en diversos momentos desde la Prehistoria, quedando numerosos testigos de esa intensa actividad minera en diversos puntos del cabezo y sus alrededores. Además de la existencia de agua y de recursos minerales, el cabezo fue un lugar estratégico para el control del territorio durante la Edad del Bronce.

El poblado prehistórico

El Cabezo de la Mina es un yacimiento perteneciente a la cultura argárica datado entre los años 2200 a. C. y 1500 a. C. Se trata de un asentamiento de hábitat en altura, emplazado en las laderas del cerro, culminado por un peñasco rocoso en el que aparecen fisuras y abrigos que, con toda probabilidad, serían aprovechados por los habitantes del poblado. La elección del sitio, plausiblemente, está en relación con la explotación mineral de las vetas de cobre de la sierra, según se constata en los trabajos de prospección, a partir de hallazgos de escorias de fundición, fragmentos de crisoles y diversos percutores de metabasita. También está próximo al cauce del río Segura, que cuenta con riveras muy fértiles para la explotación agropecuaria, además de los recursos cinegéticos. Su localización en altura también le permite un alto grado de protección y dominio sobre la vega.

Se trata de un poblamiento en terrazas que se adapta a la topografía del terreno. El hábitat se concentra fundamentalmente en las laderas sur y oeste, en las que se identifican hasta tres aterrazamientos, mientras que en las vertientes este y norte la ocupación de la superficie es menor, constatándose únicamente un muro de terraza en el flanco septentrional. En cada terraza existen estructuras de trazados paralelos a los muros de aterrazamiento y perpendiculares, construidas con aparejos de piedra de tamaño medio trabadas con barro. Se documentan también cistas de enterramientos, vinculadas a los espacios de habitación.

En los flancos meridional y occidental es donde mayor depósito arqueológico hay. Se documenta tanto en superficie como en los perfiles de las toperas excavadas por los clandestinos, en las que se denotan secuencias de más de un metro de profundidad de registro arqueológico sobre el nivel geológico natural. Estos estratos se caracterizan por su color grisáceo, por la existencia de niveles con cenizas y materia orgánica, así como por la aparición de cerámica y útiles de piedra (lascas de sílex, molinos, percutores). La destrucción del yacimiento por las excavaciones no controladas ha sido muy intensa, dejando numerosas muestras de dicha actividad en diversas partes del cerro, destacando las tumbas expoliadas y visibles, sobre todo, en la parte suroccidental, siendo más evidentes los expolios en las cotas superiores.

Las vertientes meridional y oriental son las que han sufrido de una forma más acusada la explotación minera, por lo que es prácticamente imposible documentar vestigios materiales del yacimiento, porque, de haberlos, han quedado sepultados bajo las escombreras de la mina. En la parte baja de la ladera se documentan numerosos fragmentos cerámicos y lajas planas de piedra procedentes de las tumbas saqueadas. También son abundantes los aparejos de piedra, así como restos constructivos de las viviendas.

Los petroglifos y las cuevas de la Mina

En 1995 se documentaron las primeras manifestaciones vinculadas a actividades mágico-religiosas en el cabezo, con un conjunto de tres cazoletas excavadas en la roca caliza. Los petroglifos o insculturas del Cabezo de la Mina son similares a los hallados en el Cabezo Malnombre. Son del tipo cazoleta+canalillo y se localizan en diferentes sectores del yacimiento, tanto en la cima como dentro del propio poblado. En 2019 se descubrieron otros dos conjuntos situados en la ladera del poblado con tres y siete cazoletas, respectivamente, así como más de una decena de cazoletas aisladas distribuidas entre el ascenso al peñasco calizo superior y la cima del cabezo, y otro conjunto localizado en el puente de roca que hay en la cima e integrado por 15 cazoletas de reducidas dimensiones en torno a una de mayor tamaño, carentes de funcionalidad alguna y asociadas a elementos simbólicos, como podrían ser los fenómenos astronómicos. Además, en un abrigo se documentaron varios agujeros labrados en la roca y dispuestos de forma paralela, que podrían ser parte del sistema de sujeción de una estructura hecha con varas de madera.

Algunas de las varias oquedades que se localizan en el propio cerro y los alrededores fueron utilizadas como lugares de enterramiento, fenómeno también observado en el entorno del Cabezo Malnombre. Según las dataciones por radiocarbono efectuadas en restos humanos de la Cueva de las Muelas, estos enterramientos pudieron realizarse en momentos finales de la Edad del Bronce, en torno al año 1000 a. C. Se trata de manifestaciones funerarias que difieren de las propias de la cultura argárica, cuando enterraban a sus muertos bajo el piso de las viviendas o en otras zonas de los poblados, normalmente en cistas o urnas. No obstante, también se conocen algunos ejemplos de enterramientos argáricos en pequeñas covachas, como el caso del Castellón Alto de Galera (Granada), aunque lo habitual era enterrar en tumbas domésticas individuales. De todas formas, los enterramientos de las cuevas del entorno de la Mina corresponden a un patrón muy diferente y que podría corresponder a la necrópolis rupestre de una población que se asentó en el cerro siglos después de la desaparición de la cultura argárica, allá por el 1500 a. C., sin que necesariamente se diese una continuidad en el poblamiento del lugar.

Evidencias de la minería antigua

Se ha reportado la existencia de cientos de percutores maco-líticos de metabasita. Se supone que fueron utilizados para la extracción, aunque la mayor parte de estos percutores son de muy pequeño tamaño y más adecuados para la trituración del mineral, siendo la presencia de picos o mazas muy escasa. Tampoco se puede descartar que se trate de trituradores empleados en época posterior. La posibilidad de encontrar mineralizaciones cupríferas que afloran en superficie hace suponer un aprovechamiento prehistórico de estos recursos, pero dada la complejidad del sitio como poblado prehistórico expoliado y mina de cobre, se hace muy complicado discernir si ya existieron minas en época argárica.

Otro aspecto significativo del yacimiento es la explotación minera en periodos posteriores, concretamente durante época romana, habiéndose documentado algunos fragmentos cerámicos de dicha cronología en el entorno de una mina. Las prospecciones catalogaron restos de paredes de cerámica común romana (s. II a. C. – s. I d. C.) o sigillatas de tipo africano próximos al sedimento que se extrajo de la mina del siglo XIX, incluso en cotas superiores del cabezo. También se hallaron algunos fragmentos de cerámicas finas en la cercana Cueva de la Yesera, lugar que pudo ser ya explotado en época antigua o, tal vez, utilizado como santuario rupestre debido a las características de los fragmentos cerámicos y las particularidades de la propia cavidad.

Posteriormente se desarrolla la explotación moderna y contemporánea de las minas, que es de la que se conservan más evidencias, siendo características en el paisaje la abundancia de prospecciones horizontales en busca de filones de mineral, que siempre están asociadas a escombreras y pozos de ventilación de sección vertical.

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