Página: La almazara de los Murcias

La almazara de los Murcias

Almazara de los Murcias

Introducción

En el presente trabajo se muestra un análisis pormenorizado de la almazara de los Murcias, situada en Santomera, Murcia. En primer lugar, se detalla la época y las circunstancias en las que desarrolló su actividad principal: la elaboración del aceite de oliva. A continuación, se describe toda la maquinaria existente en dicha almazara y se sitúa cronológicamente. Mediante todo ello, se pone de manifiesto la singularidad de la almazara de los Murcias y la necesidad de su recuperación museística.

La realización de la carta arqueológica y catálogo etnográfico del término municipal de Santomera de 1996 nos permitió conocer la almazara de los Murcias y comprobar que la existencia de otras industrias de este tipo nos indicaba algo que la mayoría de sus habitantes ignoran hoy día, y es el hecho que el olivo, durante un período pasado, fue un cultivo bastante extendido en Santomera y, por tanto, que esta localidad fue un gran centro productor de aceite.

Almazaras en Santomera, industria tradicional

El actual término municipal de Santomera está formado por las antiguas pedanías de Murcia: Santomera, El Siscar y La Matanza. Francisco Cánovas recoge en dos artículos publicados en una revista local (‘La Calle’, nº 7 y 8, diciembre de 2002 y enero de 2003) la existencia de cuatro almazaras en Santomera y de otras cuatro en La Matanza que funcionaron entre finales del siglo XVIII y mediados del XX. A principios del siglo XVI, don Gil Rodríguez de Junterón, arcediano de Lorca, crea el mayorazgo de Beniel comprando una finca que, por su enorme extensión, hubo de dividirse en lotes. Uno de estos lotes será el partido de Santomera, situado a la izquierda del río al que se le agrega cura propio. El curato de Santomera reunía en 1737 doscientos vecinos «que rendían buenas primicias como arrendatarios» (Merino, 1915) y en 1730, según consta en el libro capitular del Ayuntamiento de Murcia, en la sesión correspondiente al día 2 de mayo, se le conceden dos días de agua de quince en quince del Heredamiento de Zaraiche. En 1785, Abelardo Merino (1915) cita a Santomera como «lugar de realengo» con alcalde pedáneo dentro del partido de Murcia. De esta época datan los apellidos Carvajal, Vinader, Murcia (procedentes de Bigastro); Montesinos, Campillo y Laorden (oriundos de Cuenca); los Guillenes (de Orihuela), etc. Poblada por quinientos vecinos, Santomera se separa de la parroquia de Beniel y se erige en vicaría con cura propio. Durante el año 1794 se agregó a la nueva parroquia el Campo de la Matanza que, a su vez, se segregó de la parroquia de Santa María de Murcia (González, 1950).

Según Pérez Picazo y Lemeunier (1990), en el territorio que ocupa la actual Región de Murcia, será en los siglos XVIII y XIX cuando se produzca un incremento significativo en la extensión del cultivo del olivo que llevará a un aumento de la producción de aceite y construcción de almazaras. Durante el siglo XVIII la agricultura murciana conoció una fase de crecimiento debido, en su mayor parte, al aumento demográfico, incrementándose las cosechas de los anteriormente denominados productos básicos, como son los cereales, el vino o el aceite, así como de otros tradicionales en la región, como el capullo de seda, barrilla, cáñamo, arroz y azafrán. Para conseguir dicho incremento, se procedió a la roturación masiva de tierras incultas y a la ampliación de los regadíos y sustitución de cultivos en busca de mejores rendimientos o de mayores beneficios.

Esta etapa de crecimiento desembocará en una crisis iniciada en las últimas décadas del siglo XVIII y prolongada hasta el primer cuarto del siglo XIX, coincidiendo con la caída del Antiguo Régimen español. A nivel agrícola, se produce un cierre paulatino de roturaciones en numerosos municipios debido a que, tanto en los secanos como en los regadíos, las tierras de mejor calidad o acceso a los recursos hidráulicos estaban ya puestas en cultivo. A ello hay que sumar el mencionado incremento de población que estaba generando unas densidades relativamente altas, agravándose por el período de desórdenes en el medio rural debido a la Guerra de la Independencia y a la resistencia del Antiguo Régimen, que no desaparece definitivamente hasta 1836. Pero, quizás, lo peor de esta época será la existencia de un gran problema estructural como era la permanencia de la mayoría de la propiedad en manos de un grupo de oligarcas bastante reducido.
En este contexto sitúa Francisco Cánovas la almazara de los Mesegueres, ubicada en la finca de la familia Meseguer, la cual solo conserva en la actualidad una sencilla fachada en la que destacan, por una parte, los ornamentos de su remate, una especie de acrótera y un pináculo, y, por otra, un escudo heráldico en su frontis que nos puede ayudar a datar su origen. Según Francisco Cánovas, dicho escudo pertenecería a sus primitivos dueños del año 1769, la familia Thomás de Jumilla-Bastin. Este autor apunta la posibilidad de que la almazara fuera construida por antepasados de los Thomás de Jumilla, originarios de Aragón, cuyo primer referente fue Matheo Thomás, alcalde de Orihuela en 1337 (Cánovas, 2003). Algunos miembros de esta hidalga familia fueron corregidores de Murcia, y uno de ellos, D. Diego Thomás, lo fue de Zamora en el siglo XV, siendo al mismo tiempo procurador en Cortes. La familia Thomás, nos indica el mismo autor, «emparentó con los Galtero, otra familia notable. Ambas familias poseían fincas de riego en la Acequia de Zaraiche, Partido de Santomera, según el Padrón de Tahúllas de 1737» (Cánovas, 1997).

La hacienda de los Mesegueres, históricamente, era conocida por Casa Jumilla. Todavía en la cartografía oficial figura con ese nombre, y quizás sea la causa de que en los años 50 del siglo XX se atribuyera el escudo heráldico a otra famosa familia de origen jumillano, como los Lozano, cuyo más famoso representante fue D. Juan Lozano y Lozano, obispo de Mazara y Tropea, arzobispo de Palermo, virrey de Nápoles y Sicilia y obispo de Plasencia. De los Thomás de Jumilla pasó a propiedad de D. Jesualdo Cebrián, hasta llegar a manos de los hermanos Meseguer –D. Antonio y D. José Meseguer Sánchez–, uno de ellos casado con la santomerana Dª. Maravillas Fernández; de aquí, posiblemente, que en otra época se haya conocido esta finca como Quinta Maravillas (Cánovas, 1997).

El resto de almazaras del término municipal inician su producción, según Francisco Cánovas, en el siglo XIX. A partir de 1836 se produce, según Pérez Picazo y Lemeunier (1990), «un nuevo ciclo agrario» con la reforma liberal. Los decretos promulgados entre 1836 y 1842 sobre la abolición de los señoríos, la supresión de los bienes de manos muertas y los mayorazgos hicieron posible por primera vez el acceso a la tierra por parte de personas de otros grupos sociales. Una porción que oscila entre la mitad y las tres cuartas partes de la superficie cultivada se va a concentrar en las manos de un reducido grupo de propietarios integrado por un puñado de descendientes de la antigua oligarquía y algunos grandes comerciantes. Sin embargo, a la vez se produce una difusión de la propiedad campesina, aunque, por supuesto, se trate de parcelas de escaso tamaño y de peor calidad.

En el terreno sociopolítico, a comienzos del siglo XIX las Cortes de Cádiz manifestaron la necesidad de una nueva división territorial en provincias y la reestructuración administrativa de los núcleos vecinales en la cual considerarán a los «pueblos» una unidad natural de un grupo de familias que «habita en el espacio definido y que viven en relación de vecindad» (Ruiz y Morales, 1971), surgiendo así los ayuntamientos constitucionales que se irán suprimiendo e instaurando en el transcurso de los diferentes avatares políticos de la época. Con el regreso de Fernando VII se anularon los ayuntamientos constitucionales y se restauró el Antiguo Régimen. La Revolución de 1820 traerá en cambio la restauración de la organización local derogada, pero por Real Decreto de 1 de octubre de 1823, Fernando VII anulará todo lo realizado por el régimen constitucional que había regido España a lo largo de más de tres años. No obstante, volverá a estar de nuevo vigente el 15 de octubre de 1836, como consecuencia del movimiento político que alzará de nuevo a la Constitución de 1812 (Ruiz y Morales, 1971).

El olivo es un árbol de crecimiento lento. Si en 1947 los olivares estaban ya desarrollados, se supone que a mediados del siglo XIX, cuando Madoz escribe su Diccionario Geográfico Histórico, existirían también. Quizás la falta de datos en la descripción que Madoz hace de Santomera, provenga del hecho de que este autor se centra principalmente en los cultivos de huerta, y, en este caso, los olivares se extenderían en las tierras de secano de esta localidad hacia el Campo de la Matanza (Ruiz y Morales, 1971).

Las almazaras que estuvieron en funcionamiento entre los siglos XIX y XX en Santomera, según Cánovas (2002), además de la de los Mesegueres, son la de los Francisquillos, la del Tío Pepe Ireno y la de los Murcias.

Historia de la almazara de los Murcias

La historia de la almazara de los Murcias va ligada a la de la Finca del Huerto, donde se halla ubicada. Francisco Cánovas tuvo acceso a la escritura notarial más antigua que se posee sobre la Finca del Huerto, que data del 2 de octubre de 1756, en la cual D. José Escrich la adquiere «con los censos correspondientes de su propietario, Señor Duque de Burie» (Cánovas, 2005). Según documentos notariales del año 1826, la finca parece ser que había sido anteriormente dividida en varias partes, y se vuelve a unir tras adquirir todo el conjunto el presbítero D. Andrés de Garfias Laplana, hermano del corregidor de Murcia, D. Rafael de Garfias. Así, en dicha escritura vende «Dª. Bernarda Moñino –la casa principal– y Tomás Saura Nicolás –el resto–». Tras la compra, D. Andrés de Garfias ordenó la construcción de la almazara, anexa a la casa, que puso a nombre de Manuel Bosque.

Aprovechando las condiciones ventajosas que la desamortización de Mendizábal ofrecía a compradores pudientes, en 1837 aparece en Santomera D. Juan Murcia Martínez, fundador del clan de ‘los Murcias’. Lo primero que adquiere son los bienes que la Congregación de San Felipe Neri tenía en El Siscar, formalizándose el documento de compra en la notaría de D. Juan Alfonso Navarro de Murcia, el 17 de marzo de 1837 (Cánovas, 2005). Fruto de la relación de Juan Murcia y Blas Gambín surgió una operación de «alta ingeniería financiera» en la que Juan Murcia, vecino de Madrid, nombra apoderados suyos a Blas Gambín –que lo era de los Garfias– y a Dionisio Terrer –empleado del notario que autorizó ambos poderes–. El 22 de noviembre de 1838, D. Juan Murcia Martínez, representado por su apoderado Dionisio Terrer, compra a D. Andrés de Garfias, representado por Blas Gambín, toda la heredad que comprende «14 tahúllas, casita para el labrador, otra principal con su parador y cuadra, cochera y otros edificios, un jardincito y una almazara… Pagó el comprador 80.000 reales de vellón, en cuyo precio también entraron otras fincas que tenían gravamen de personas a favor de Religiosos de San Antonio, por 2.333 reales del valor de censo, y otra de valor 4.000 reales al Cabildo de Santa Eulalia…» (Cánovas, 2005).

Desde entonces, la hacienda (figura 1) permaneció en propiedad de ‘los Murcias’ a través de los herederos directos del primer Murcia, Juan Murcia Martínez (1790-1852), a quien siguieron Antonio Murcia García (1822-1862), Juan Murcia Rebagliato (1852-1891), Juan Murcia Villalonga (1882-1936) y María Murcia Fernández, casada con el famoso doctor D. Antonio Hernández-Ros y Codorniu. Finalmente, por mediación de un convenio firmado en 2005, el Ayuntamiento de Santomera se hizo con su propiedad.

La almazara tuvo notable actividad hasta las primeras décadas del siglo XX. Pocos años antes de la Guerra Civil comienza su decadencia y se paraliza en el transcurso de esta, momento que se aprovechó, según la memoria de las personas que vivieron en esa época, para esconder entre sus alforines la imagen de la patrona de la localidad, la Virgen del Rosario, la cual permaneció allí hasta el final de la contienda. Terminada la guerra en 1939, dada la escasez de aceite en los años de la posguerra, reanudó su actividad hasta su total desaparición por los años 50–60. La almazara abandonada, como apunta Cánovas (2005), entre los años 50 y 60 sufrió el desplome de su cubierta y la pérdida de otra de sus naves en beneficio de la carretera nacional.

El edificio

El inmueble objeto de estudio conserva una planta rectangular, ocupando una superficie total de unos 413,57 m2, en una única planta baja, con una ligera pendiente, apreciable solamente desde el exterior. La longitud de las fachadas sur y norte ronda los 34 metros, siendo las laterales de casi 12 metros. La composición estaba basada originariamente en un cuerpo compuesto por cuatro naves, permaneciendo solo dos en la actualidad, ya que una de ellas se derrumbó en la ramblada que asoló Santomera en 1947 y la otra, desgraciadamente, se destruyó para facilitar el paso de la carretera Nacional 340, perdiendo con ello parte de los alforines. La arcada que sobrevivió divide las otras dos naves, estando formada por ocho arcos de medio punto que la recorren de oeste a este y por otros dos en sus lados menores, de norte a sur. Son las dos que quedan en pie las que conservan la maquinaria, las tinajas y la otra parte de los alforines.

La estructura posee una traza muy sencilla, con muros de carga paralelos a las dos fachadas conformados por las propias arcadas. La orientación de la fachada principal –por ser la única que se conserva más parecida a la original– es hacia el sur, a la denominada plaza de la Almazara, donde se realizaron las dos entradas actuales y se cegaron los arcos de esta crujía para impedir el libre acceso al edificio. La estructura portante vertical está compuesta por muros de carga de sección 65 cm. Dichos muros de carga son de ladrillo cerámico macizo trabado mediante mortero, colocados a soga.

Los arcos (figura 2) tienen unas medidas que varían en un rango entre los 2,74 metros la menor y 3,61 la mayor de luz, no encontrando ni uno solo igual a los restantes. Las alturas de las arcadas están en torno a los 3,50 metros las exteriores y 5,45 la arcada central. La altura total a la cumbrera de la cubierta es de 6,30 metros desde el interior. Los arcos están formados por ladrillo cerámico macizo trabado mediante mortero de yeso, colocados con hiladas a soga y a tizón, con el fin de que fueran adecuadamente trabadas.

La cubierta originaria era inclinada a dos aguas, rematada con teja árabe, cuyas piezas actualmente se conservan acopiadas en el interior. En la actualidad, la cubierta se conforma de paneles de chapa metálica sobre viguetas metálicas IPE, a dos aguas también. El pavimento actual –si es que podemos llamarlo así– se encuentra conformado por una solera sobre la que se ha vertido grava.

Elementos de la almazara

A continuación, haremos una descripción de los principales elementos que contiene esta almazara:

  • Alforines o trojes. En la almazara de los Murcias apenas quedan restos; solo en el muro este podemos ver un espacio numerado y limitado por un tabique que va desde unos 65 centímetros hasta un metro de altura, que nos indica su antigua situación y diseño. Sin embargo, conocemos la existencia de hasta 23 trojes por la numeración en azulejos vidriados, de fondo blanco y cifras en azul, que pervive en los muros y pilares (figura 3).
  • Molino. La almazara de los Murcias dispone de un molino de grandes dimensiones de los denominados de sangre, donde un animal, enganchado a la palanca, balancín o vara, y dando vueltas alrededor del empiedro, movía un rulo situado sobre la solera. En el pavimento podemos ver un pequeño murete, de tan solo un ladrillo de altura, que limitaba el espacio que recorrería el animal. La solera se asienta sobre un basamento circular de ladrillo y está realizada de piedra silícea al igual que la muela o rulo; alrededor podemos ver el alfarje, canal situado alrededor de la solera que permitía recoger el aceite tras la trituración. Este rulo o muela de forma cónica, cuyo diámetro mayor es de 1,48 centímetros, está cubierto con estrías en sentido longitudinal realizadas probablemente para dilacerar mejor. Posee una tolva de madera con una compuerta corredera donde se iban depositando las aceitunas con la ayuda de los capachos, conforme se iban necesitando. La tolva y la muela o rulo están unidos al árbol, el cual encaja en su correspondiente gorrón, colocado en una viga de madera empotrada en los muros del edificio (figura 4).
  • Prensa de viga y quintal. El prensado de la pasta consiste en separar el producto líquido o amurca, compuesto del aceite y agua con residuos o alpechín, del orujo o conjunto de restos sólidos o grasos. El torcular es el ingenio destinado a exprimir el líquido que se transformará en el aceite, basado en la palanca de segundo género. En los modelos más antiguos, se ejerce la potencia mediante peso. Más tarde se ejerce una tensión hacia abajo mediante un cabestán. Es la denominada posteriormente prensa de alfargo.
    La prensa de viga y quintal, también llamada de libra (figura 5), constituye, junto con el molino de piedra cilíndrica o cónica, el fundamento de la mayoría de los molinos de aceite de oliva existentes en los siglos XVIII y XIX, cuyo uso decae con la aparición de los sistemas hidráulicos de presión a principios del siglo XX. La pieza principal era la barra de la viga, sujeta al husillo a través de una tuerca. En el extremo inferior del husillo había una piedra muy gruesa, llamada quintal. En el otro extremo de la viga se sitúan las vírgenes, que son unas vigas o postes de madera o piedra situadas bajo la torre de contrapeso. Constituyen los respectivos anclajes de las prensas de viga, flanquean y aprisionan la cabeza de la viga. Para guiar la viga y evitar su desplazamiento hacia los lados, se colocaban unos pies derechos de madera llamados guiaderas. Unos topes, dispuestos a ambos lados de las guiaderas, impedían que la viga marchara hacia atrás o adelante, saliendo de su punto de apoyo. Normalmente, las prensas de viga y quintal disponían de un par de guiaderas. A un metro o metro y medio de distancia, se constituye una solera circular de piedra dura y silícea, denominada regaifa, con un canalillo o reborde en derredor, destinada a recoger el líquido que fluye durante la presión, el cual marcha a las bombas, pocillos o aclaradores (depósitos en los que se recoge el aceite apenas salido de la prensa para que se aclare) por una reguera dispuesta convenientemente. Sobre esta piedra se asientan los capachos o cargo que representa la resistencia.
    En la almazara de los Murcias se dispone de una enorme viga de unos 8,50 metros de longitud, formada por cuatro gruesos maderos unidos y enlazados con cinchos de hierro. La viga se sujeta al husillo a través de una tuerca de madera. En el extremo inferior del husillo se encuentra el quintal de 1,20 metros de diámetro que descansa en una especie de pozo de ladrillo, de unos 2,89 metros de diámetro. Sobre este podemos ver unas barras cruzadas, llamadas bigarras, que se utilizaban para poner en movimiento la viga elevando el quintal cuando el cargo estaba preparado.
    Hacia la mitad de la gran viga se conservan un par de guiaderas que evitaban su desplazamiento hacia los lados; sin embargo, no tenemos la lavija ni los trabones que, junto a las guiaderas, formarían parte del proceso de prensado. Desconocemos si en la parte posterior se situarían las vírgenes para flanquear y aprisionar la cabeza de la viga y regular la altura de la viga durante el prensado.
  • Prensas de columnas o de husillo. Este tipo de prensas varía según su forma, solidez y número de columnas. Suelen tener dos o cuatro columnas de hierro fijas a un zócalo de fundición, terminando por arriba en un grueso remate o cabeza del mismo metal, al igual que la platina y platillo de presión. Al comenzar la presión, se bajará el plato compresor de hierro, agarrándose los obreros a los manotones. Posteriormente, se introduce una palanca y se continúa la presión, para terminar utilizando el malacate, o engranaje mecánico especial, que servía para regular la fuerza motriz aplicada a la prensa o al molino hasta conseguir que avance el máximo posible hacia el plato inferior. Dentro de este tipo, las más antiguas eran las prensas de husillo de madera, de las cuales podemos encontrar una en la almazara de los Murcias (figura 6). Se encuentra situada en el centro de uno de los arcos de la zona norte. Atendiendo a su nombre, tiene dos barrotes o columnas que sostienen una gruesa cabeza de madera y un husillo o caracol. A lo largo de estas columnas corren unas guías que aguantan un plato circular. El cargo se ponía sobre el plato de hierro, debajo mismo del husillo y del plato de prensar. El primer movimiento lo realizaban los obreros agarrándose a los manotones; posteriormente, con la barra continúa la presión hasta conseguir que el husillo baje el plato en busca de los capachos. A través de una canaleta, el aceite, mezclado con agua y vegetación, caía a los depósitos situados a ambos lados, donde unas tinajas lo recogían para ser clarificado por decantación.
    A consecuencia de los avances mecánicos y de las transformaciones del hierro y del acero por medio de la fundición, durante el siglo XIX surgieron las primeras prensas completamente metálicas. Estas prensas, que estaban realizadas en su totalidad de hierro fundido, tuvieron gran difusión; en la almazara de los Murcias podemos ver una de este tipo, que se encuentra situada junto a uno de los pilares que sustentan un arco de la zona norte (figura 7). Los elementos que componen esta clase de prensas son similares a los de las prensas de madera vistos anteriormente. El funcionamiento también es parecido: al comenzar la presión, se bajaba el plato compresor de hierro, agarrándose los obreros a los manotones; después, se introducía una gran palanca en la caja A y se continuaba la presión. Cuando ya se había apretado bastante, un mecanismo denominado malacate, conectado a la barra y a una estructura de madera por medio de una gruesa maroma, permitía efectuar una fuerza mayor hasta conseguir el avance máximo del plato de presión hacia el plato inferior.
  • Prensa hidráulica. Fueron inventadas en 1796 por el ingeniero inglés Joseph Bramah para comprimir en sus inicios balas de algodón, heno, papel, etc., y desarrolladas durante los siglos XIX y XX. La prensa hidráulica está constituida por un cilindro de fundición sobre el que se mueve un pistón empujado por la inyección de un fluido (agua, aceite, vapor…) comprimido a su vez desde un émbolo o bomba. La presión se efectúa de abajo arriba por medio de una plancha o platina que corre a lo largo de las cuatro columnas verticales.
    La prensa hidráulica de la almazara de los Murcias (figura 8) consta de dos partes principales: por un lado, la prensa propiamente dicha, formada por un plato de presión sobre cuya superficie se colocaban los capachos, que se elevaba como consecuencia del agua inyectada debajo, comprimiendo a estos contra la cara inferior de la cabeza o zócalo; por otro lado, la bomba, con su correspondiente palanca y válvula de seguridad, sostenida con un contrapeso a fin de que ceda y deje escapar el agua si se traspasara cierto límite de resistencia, evitándose los peligros de rupturas. Después de ser accionada la prensa hidráulica, el aceite salía por el exterior de los capachos, resbalándose hasta un canalillo situado al fondo que comunica con su correspondiente depósito de decantación.
    En resumen, podemos decir que la almazara de los Murcias, en la actualidad, conserva cuatro prensas, cada una de ellas de un tipo diferente. Las más antiguas se habrían instalado cuando se construyó la almazara, a principios del siglo XIX, y serían la de viga y quintal y la de husillo de madera. Esta última se utilizaría para realizar el primer aprieto y la de viga y quintal, con más potencia de prensado, para el segundo. Posteriormente, se añadiría la de husillo de hierro y, finalmente, con los avances de la técnica, se incorporaría a principios del siglo XX la prensa hidráulica. Perfectamente pudieron estar funcionando las cuatro a la vez en las épocas en las que los productores se agolparan para depositar sus cosechas.
  • Vasijas receptoras del aceite y de transporte. El aceite que fluye de las prensas suele marchar por un canalillo, mezclado con el agua de escalde y de vegetación a un recipiente cilíndrico denominado bomba, pocillo o aclarador, para ser clarificado por decantación. De estos recipientes arrancaba desde la base un tubo encorvado parecido al del recipiente florentino por el que salían las aguas madres acumuladas en la parte inferior, mientras que el aceite, menos denso, quedaba en la parte superior. Para su correcta conservación, debe evitar el contacto con el aire, el calor o el frío. Los recipientes para guardarlo pueden ser de sillería, de barro cocido, de madera, metálico o de vidrio. Tradicionalmente, el almacenamiento se hacía en tinajas de barro cocido generalmente sin vidriar y de una capacidad de 80, 100 o más arrobas, que eran tapadas con un capacho o con una madera. La almazara de los Murcias posee tres tipos de estructuras para la recepción y el almacenaje del aceite:
    • Subterráneas, para llevar a cabo la clarificación del aceite recogido desde las diferentes prensas (figura 9).
    • Semienterradas, para depositar el aceite ya limpio, una vez despojado del alpechín (figura 10). Se trata de unas tinajas empotradas en obra y cerradas con tapaderas de madera, donde descansaba y reposaba unos días hasta ser envasado; podemos contar un total de cinco.
    • Exenta, también para depositar el aceite ya limpio. Se disponen de dos tipos: uno de cerámica, compuesto por varias tinajas, y otro metálico, probablemente de posterior uso (figura 11 y 12).

Conclusiones

El término municipal de Santomera tuvo una extensa plantación de olivos desde mediados del siglo XVIII hasta mitad del siglo XX. Gran parte de estas cosechas eran para el autoabastecimiento familiar, puesto que, hasta mediados del siglo XX, cuando se produjo un cambio radical en los sistemas de producción, almacenamiento, distribución y comercialización, no estaba al alcance de todo el mundo conseguir un producto esencial como el aceite a cambio de dinero, pero sí conseguirlo a cambio de oliva. El olivar de Santomera será sustituido por la ampliación del regadío en los años 70 y la plantación de árboles frutales como el limonero. Durante esa larga etapa en la que abundaron los olivos, surgieron en la localidad las ocho almazaras; la mayoría de ellas desarrollaron su actividad durante el siglo XIX, fruto de la reforma liberal que permitió el acceso a la tierra a personas fuera de la antigua oligarquía, lo que contribuyó a un aumento de la producción agrícola. De entre todas ellas, hay que resaltar la almazara de los Murcias por varias razones. La primera y principal, porque es la única que ha conservado su arquitectura y maquinaria en un estado bastante aceptable, a pesar de permanecer inactiva desde los años 60 del pasado siglo. En segundo lugar, podríamos subrayar que posee todas las máquinas necesarias para el proceso de elaboración del aceite de oliva, destacando que presenta, incluso, una evolución cronológica en sus prensas. Finalmente, debemos señalar que es uno de los pocos bienes del patrimonio cultural que todavía posee la localidad de Santomera.

La creación de un museo en la almazara de los Murcias podría contemplar los múltiples aspectos que definen el patrimonio cultural. Por un lado, sería necesario poner en marcha un pequeño plan integral de recuperación de la cultura del aceite en el que se rescaten todos los elementos que configuran el patrimonio, tanto los monumentos singulares, como la almazara, todo el conjunto de tradiciones relacionadas con la elaboración artesanal del aceite y, por supuesto, el espacio natural que rodeaba toda esta cultura, prácticamente desaparecido en la actualidad.

Es imprescindible apoyarse en la educación como medio de consecución del desarrollo del patrimonio cultural. El objetivo último de la educación en patrimonio es el conocimiento de la realidad histórica y natural de un pueblo o comunidad. Estos conocimientos pasarán a formar parte del proceso de formación de la conciencia que una comunidad tiene de sí misma, a partir de la cual descubre y construye su identidad, motivo más que suficiente para el establecimiento de un centro museístico que abarque bienes etnográficos y arqueológicos.

El patrimonio cultural se ha convertido en un recurso que contribuye al desarrollo económico, un factor de prosperidad económica y bienestar. Hay muchos ejemplos de que el patrimonio cultural ha significado una reactivación económica de lugares determinados. En Santomera, puede mejorar el atractivo que la localidad tiene fuera y dentro de la misma, y, por tanto, su impacto sobre otras actividades económicas relacionadas con los sectores que se desarrollan en torno a los flujos turísticos. Estos contemplan gastos complementarios en la hostelería y otros servicios que generan un efecto multiplicador sobre la economía. Sería, pues, un museo regenerador de la localidad.

Estamos ante un reto difícil por la situación económica actual en la que la mayoría de los fondos públicos y privados van destinados a otro tipo de gastos. Sin embargo, ha quedado demostrado que la rehabilitación y musealización de la almazara de los Murcias puede ser considerada en un principio una inversión importante en materia de patrimonio, pero con el tiempo traerá, sin duda, beneficios, no solo en materia social y educativa, sino también en aspectos culturales, turísticos, etc.

Cristina González Gómez, arqueóloga

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