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Molino Vinader

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Resumen

Llegar a la construcción de un molino harinero en Santomera, o en otra población cercana a ella, fue un proceso costoso por las dificultades que ofrecía el territorio más bajo de la huerta de Murcia, en el tramo final del río y sus hijuelas, y por los inconvenientes que ponían los heredados que temían los regolfos que estos solían producir. Después de cuatro intentonas a lo largo del siglo XVIII en toda la comarca, por fin, sobre la acequia de Zaraíche, en 1762, se consigue el permiso para construir uno que facilitará la molienda a los vecinos de Santomera, El Siscar y poblaciones aledañas. En la actualidad solo queda en pie el de Vinader, el primero que se hizo, aunque dejó de funcionar en los años sesenta del pasado siglo. Su estado ruinoso invita a hacer un esfuerzo a las instituciones para rehabilitarlo, por lo que significó para la huerta comprendida entre El Esparragal, Santomera, El Raal y Orilla del Azarbe.

Molinos, hornos, batanes y almazaras son los únicos bienes de transformación que hay en la huerta de Murcia hasta la aparición de los motores de vapor y los movidos con electricidad. En Santomera, población que experimenta un aumento demográfico a partir del siglo XVII con el drenaje intensivo, gracias a azarbes y meranchos, de los marjales que ocupaban lo que hoy es su huerta, y en el XVIII con la producción de seda, van a ser almazaras y molinos los principales elementos de los albores de la industrialización. Obviando los hornos, las almazaras tuvieron una gran importancia en Santomera: hasta cuatro en La Matanza y otras tantas en Santomera funcionaron entre el siglo XVII y mediados del XX , sobre todo por el incremento de la superficie dedicada al cultivo del olivo en el secano al norte de la acequia de Zaraíche, hasta el límite con lo que hoy es el municipio de Fortuna. Los molinos harineros hicieron su aparición en el siglo XVIII en nuestro municipio con el de Vinader, en El Siscar –que será el objeto de este trabajo– y el del Corregidor, en la misma población, aunque alejado de ella más al sur, sobre el azarbe del Merancho, en el siglo XIX. Posteriormente, llegaron el molino del Rosario, a finales del XIX, que funcionó con vapor y electricidad, y el de la Luz, que, como su nombre indica, fue el primero que lo hizo con este tipo de energía, ambos ubicados en el casco urbano de Santomera. Finalmente, a mediados del pasado siglo y finales del mismo funcionaron dos molinos para la obtención de pimentón. Solo uno de ellos funciona en la actualidad, el creado en la segunda mitad del XX, aunque ya no está radicado en Santomera: se trasladó al polígono industrial de Abanilla.

Dificultades para construir un molino

Construir un molino harinero que funcionara movido por la fuerza del agua en la huerta de Murcia acarreaba muchos problemas, derivados de enfrentamientos con los regantes y por los períodos de estiaje, las avenidas que continuamente se producían y las mondas de primavera. El coste de la construcción de uno era muy elevado y había que tener mucho poder e influencia política para poder llevarlo a cabo, por lo que la totalidad de ellos eran propiedad de la oligarquía de la ciudad de Murcia o de alguna institución muy poderosa e influyente, como el obispado o alguna orden religiosa.

La mayor parte de los molinos de la huerta de Murcia, desde la Edad Media hasta el siglo XIX, se encontraban ubicados entre la ciudad y la Contraparada. Desde la ciudad hasta el límite con Orihuela, fueron muy pocos los que se construyeron: tierras con poca pendiente, encharcables, muy susceptibles a las avenidas del Segura, menor disponibilidad de agua en acequias y azarbes y una tardía puesta en cultivo, sobre todo en la parte septentrional, fueron problemas que hacían difícil la construcción de uno, salvo que se tuviera mucha influencia y recursos económicos, como veremos más adelante. Los molinos de la huerta fueron construidos siguiendo el modelo de pasaje o regolfo: el agua entraba por un arco que se iba estrechando y ejercía su fuerza sobre la rueda horizontal, que la comunicaba a las piedras que molían el trigo.

El principal obstáculo para construir un molino en Santomera y su heredamiento eran los regolfos, en el caso de hacerlo en los azarbes, y la carencia de caudal en la acequia, debido a estar en el último tercio de tandas de riego y por no tener derechos sobre el agua y utilizar las sobrantes, lo que comprometía el funcionamiento de un posible molino. A ello había que sumar las avenidas que la rambla Salada, también llamada de Santomera, provocaba en su desembocadura entre Santomera y El Siscar, que llevó a que se desviara el curso de la rambla en busca del barranco de Castilla para evitar pérdida de cosechas y el taponamiento de la acequia. Por otro lado, la distancia a los molinos más cercanos, los de Orihuela y Murcia, y los malos caminos para llegar a ellos hacían necesario uno cercano para los más de 1.300 habitantes de Santomera y sus anexos de la huerta a mediados del siglo XVIII.

Primeros intentos, infructuosos para Santomera

El primer intento de construir un molino harinero en lo que hoy es el término municipal de Santomera tuvo lugar en 1703. El Concejo de Murcia estudiaba en el cabildo del 18 de agosto de ese año la solicitud de don Gil Francisco de Molina y Junterón, Caballero de la Orden de Santiago, que fue regidor de la ciudad de Murcia y al que unos pocos años después (1709) se le concedería el título de Marqués de Beniel, en la que suplicaba se le concediera licencia para la construcción de un molino harinero en la cola vieja del Azarbe Mayor, donde hoy se unen los municipios de Orihuela, Murcia y Santomera, aproximadamente en el lugar conocido como los Tres Puentes. El principal argumento para que se le concediese la fábrica del molino era que en la zona que ocupaban los heredamientos de Santomera, Beniel, Alfandarín, Santa Cruz y Urdienca estaban muy poblados de caseríos y habitantes sin que en ninguno de ellos hubiera un molino harinero, por lo que tenían que ir a moler su trigo al molino más cercano, en la Diputación de Orihuela, un par de kilómetros antes de la ciudad orcelitana.

En el acta capitular de ese día quedó reflejado el acuerdo tomado: que los regidores don Luis Salas y Sandoval y don Juan Lucas Guillén se informaran y pasaran por el sitio indicado en la solicitud con maestros de obras y personas expertas en temas de moler con agua para comprobar si los regolfos de dicho molino perjudicarían a los heredamientos de la huerta, examinando también la tierra que ocupara y de quién era. Los regidores don José Felices y don Sebastián de Pina denegaron en la misma conferencia la pretensión de don Gil Francisco de Molina. Tres días después, en cabildo del Concejo de Murcia celebrado el 21 de agosto de 1703, se trató una contradicción presentada por el Colegio de la Compañía de Jesús, en la que expresaban el daño que ocasionaría la obra solicitada por don Gil Francisco de Molina en la tierras que tenían en el Pago de El Raal, por los regolfos para poner en marcha el molino y un meandro que trazaba el río muy cerca de ese lugar. Solicitan que se les escuche y que no se conceda el permiso para la construcción. Se acordó que los mismos regidores de la sesión anterior tomen la decisión que mejor convenga. Al final, no se construyó el molino. Santomera y los habitantes de los otros heredamientos tendrían que seguir llevando a moler su trigo a molinos de Orihuela o la ciudad de Murcia, en ambos casos construidos junto al río Segura.

El segundo intento también lo protagonizó don Gil Francisco de Molina, ya marqués de Beniel y de nuevo regidor del Concejo de Murcia. En el cabildo del 5 de julio de 1740 , ante sus compañeros del Concejo expresó verbalmente su deseo de construir un molino harinero en tierras de su propiedad, concretamente en la acequia de Beniel, para atender las necesidades de molienda de los más de 10 vecinos de Beniel y a las poblaciones de Cinco Alquerías, Santomera, Zeneta y Cañadas de San Pedro, entre otras. Otros argumentos que presenta para su aprobación es que lo hará en un lugar apartado donde no molestará a los vecinos y lo lejos, otra vez, que quedan los molinos más cercanos. Abandonó la sala tras su exposición y el Cabildo tomó el acuerdo de que el regidor don José Pajarilla, comisario de la acequia mayor de Aljufía, realizara un informe. Hecho el informe y leído ante los regidores en la sesión de unos días después, se tomó un acuerdo favorable a la petición del marqués en beneficio de los habitantes de los heredamientos y lugares citados anteriormente. El molino, en su nueva ubicación, quedaba lejos de Santomera y con los inconvenientes que ocasionaba cruzar el río Segura.

En 1749 hay un nuevo intento de construir un molino más cerca de Santomera. Lo solicitó don Salvador Vinader y Moratón, vecino de Murcia, y su concesión se trató en el cabildo del 15 de marzo de 1749. El lugar elegido para su instalación fue, de nuevo, el extremo del Azarbe Mayor lindante con la jurisdicción de Orihuela, entre el partidor llamado de Albatera y la toma de la acequia que llevaba sus aguas a la huerta de La Aparecida, conocida como acequia Puerta de Murcia. La intención era construir un molino de dos piedras de pan para atender a los pagos de Urdienca, Campillo, Santomera, Raal y otros, ofreciendo 15.000 reales de vellón a beneficio de obras públicas. Se tomó el acuerdo de que don Francisco Rocamora y don Joaquín Riquelme se informaran, aconsejados por personas de los heredamientos afectados, sobre los posibles perjuicios y beneficios que podía ocasionar la fábrica del molino solicitado. El informe fue negativo: podía ocasionar perjuicios a las tierras más bajas de la huerta debido al regolfo que ocasionaba en el curso del Azarbe Mayor.

Apenas, un par de años después del intento fallido de don Salvador Vinader, una nueva solicitud de molino harinero entra al Ayuntamiento de Murcia y se trata en la sesión del 25 de mayo de 1751. En este caso, la intención será construirlo en la acequia de Zaraíche, en pleno territorio del Pago de Santomera. La presentan don Francisco Cascales y Alarcón y su hijo Francisco Cascales Sánchez, que tienen más de 250 tahúllas de tierra, vinculadas con Nuestra Señora de la Fuensanta, en la cola de la citada acequia, muy cercanas al término de Orihuela y a escasa distancia de la ermita de la congregación San Felipe Neri, en El Siscar, anexo de Santomera. La acequia pasa por medio de su propiedad y, tras un partidor de gran caída, sus aguas se pierden en un azarbón y ya no se aprovechan, por lo que el molino que hará mucho bien a los vecinos no perjudicará a nadie, ya que el más cercano se encuentra en Orihuela. En el pleno se tomó el acuerdo de que se informarán de la pretensión a los regidores don José Fontes y don Luis Menchirón.

Los regidores citados, acompañados por don Antonio Vidal y don Ginés Buitrago, jueces de aguas; don José Botía y don Juan Buitrago, procuradores y hacendados con muchas tierras en Santomera que riega la acequia; heredados de la huerta santomerana como don Mateo Tomás de Jumilla y don Antonio Hernández, además de varios arrendados, visitaron el lugar elegido para la construcción del molino harinero y llegaron a la conclusión de que el regolfo que produciría el agua a su llegada al mismo no causaría perjuicio a los regantes en ninguna época del año, y que entre el molino y la desembocadura del mismo ya no había ningún partidor para usar el agua de sus tandas. Además, la acequia, más arriba, hacia Santomera, estaba protegida de la rambla por un muro de tierra artificial. En el informe que pasaron al pleno del 22 de junio de 1751 comunicaron que se podría moler los cinco meses de invierno y otros dos meses más en otras temporadas, seguramente teniendo en cuenta la época de estiaje en que apenas discurría agua por la acequia. En el citado pleno, los solicitantes del molino ofrecieron 50 doblones si se les concedía la gracia.

Tras varios memoriales y plenos en los que se vuelve a tratar sobre el molino y después de pregones informativos, se acuerda dar el permiso definitivo en la sesión del 21 de agosto de 1751: «La Ciudad, en vista de los pregones dados a la gracia del molino que se ha de construir en el partido de Santomera en la cola de la acequia de Zaraíche, acuerda se remate el jueves dos de septiembre próximo con la calidad expresa de que se ha de dar concluido dentro de dos años contados desde el día del remate, y que si así no se cumpliere ha de quedar extinguida esta gracia sin derecho a ella y perdidas las obras ejecutadas y materiales prevenidos». Sin embargo, pasaron los dos años y la obra no se llevó a cabo, quedando extinguido un permiso que la familia Cascales había pedido y que no volvió a pedir. Santomera, sus anexos y otras poblaciones cercanas se quedaban otra vez sin molino.

1762: se concede licencia para el molino Vinader

La última petición de construir un molino en Santomera, esta vez exitosa, fue, de nuevo, de don Salvador Vinader y Moratón, que ya lo había intentado en 1749 en la cola del Azarbe Mayor. En la sesión del Ayuntamiento de Murcia del 26 de octubre de 1762 se vio el memorial que presentó el que era regidor perpetuo de la ciudad de Murcia, en el que decía que tenía una finca vinculada en el Heredamiento de Santomera que se regaba con la acequia de Zaraíche y que, para beneficiar a los vecinos, proyectaba construir sobre ella un molino harinero después del último partidor. En el anterior cabildo se encomendó a don Antonio Rocamora Ferrer y a don Ramón Meseguer, regidores ambos y comisarios de la Acequia Mayor de Aljufía que hicieran una inspección y un informe sobre lo expuesto por don Salvador Vinader, dando cuenta el primero de ellos en la sesión del 13 de noviembre de 1762 de las diligencias practicadas, en las que comunicaba que la utilidad del molino para el partido de Santomera y ningún perjuicio al heredamiento interesado en las aguas. En la misma sesión, don Salvador Vinader tomó la palabra para volver a explicar su proyecto, haciendo hincapié en que era un beneficio para todos los vecinos, que ya no tendrían que ir a moler su trigo a los más cercanos molinos de Orihuela y Beniel. También se dio cuenta del testimonio del regidor don Gerónimo Zarandona, que, junto con otros particulares, estaba en contra de la construcción del molino y presentó un recurso de oposición.

A pesar del recurso de don Gerónimo Zarandona, en el mismo pleno se tomó el acuerdo, ya sin la presencia de don Salvador Vinader, para conceder la licencia para la fábrica del molino: «Acordó conzeder y conzedio la lizª al Sr Dn Salvador Vinader y Moraton, Rexidor, para construir el referido Molino Arinero en el sitio y disposizion que solizita y queda relazionado en el ynforme antecedente, bajo las reglas y condiciones que comprehende y con la calidad de sin perjuicio y que para los efectos que puedan convenirle, se le de a dhº Sr testimonio de esta gracia siempre que lo pida y solizite [sic]». Santomera ya tenía la concesión de su primer molino harinero. El marqués de Torre Octavio, don Salvador Vinader, había conseguido la licencia. Durante mucho tiempo también se le llamó el molino del Marqués.

El molino se ubicó en el lugar solicitado, muy cerca de la ermita de la Congregación de San Felipe Neri –su lugar lo ocupa actualmente la iglesia de El Siscar– y de lo que hoy es el núcleo de población de El Siscar sobre la acequia de Zaraíche, unos cien metros antes de la finalización de esta en el azarbe de la Graya, límite entre Orihuela y Murcia, y que hoy ocupa lo que conocemos como rambla Salada o canal de desagüe del embalse de Santomera, a unos 22 kilómetros del comienzo de la misma, en la acequia mayor de Aljufía, de la que tomaba el agua por su izquierda, justo a la vera del molino del Amor, en La Albatalía. Se construirá un edificio de planta cuadrada y tendrá dos arcos de entrada por el oeste, por donde llega el agua de la acequia tras engolfarla, uno para llevar el agua al molino y el otro para que el agua siga transcurriendo por su cauce por una salida por levante, aguas abajo. Tendrá dos piedras a las que llegará la energía tras ser movidas por una rueda horizontal, que molerán el trigo piedra contra piedra para obtener harina de pan. El molino se dotará de todos los artilugios necesarios para obtener el producto deseado con la mayor calidad posible. En todo el recorrido de la acequia, además del de Santomera, solo habrá otro molino: el de don Francisco Riquelme en El Juntel.

Como la mayoría de los molinos que se construyen en el siglo XVIII, que pertenecen a la oligarquía –basta ver en este trabajo que los permisos se conceden a regidores o miembros de la nobleza–, los propietarios pronto los arriendan. El de Santomera, tenemos constancia de que ya fue arrendado por don Salvador Vinader a Luis Senté en 1776 , viniendo descrito así: «Molino harinero con dos piedras en Santomera, huerto que está inmediato a la vereda que dicen del Reino».

No sabemos con exactitud el tiempo que se tardó en construir el molino desde el permiso concedido en 1762, pero no tuvo que ser mucho, ya que en el Catastro del Marqués de Ensenada de 1771 en la parte correspondiente a Santomera y sus anexos Siscar, Azarbe Mayor y Cobatillas hay cinco vecinos que son molineros: Fulgencio Parra, Francisco Soria, Sebastián Manrique, Juan Sanz y Ramón Marquina, en Santomera, y Luis Anec, en Siscar, lo que hace suponer que trabajarían en el de Vinader, y nos da una idea del movimiento económico que el molino suponía para el heredamiento, porque a pesar de los problemas para su funcionamiento era rentable, en unas tierras donde solo el 25% de ellas se dedicaba al cultivo del trigo, ya que el más importante era el de moreras para atender a la importante economía de la seda, lo mismo que en el resto de las huertas de Murcia y de Orihuela.

Propietarios: de los Vinader a la familia Noguera

En una relación de 1828 de los molinos desde la Contraparada a Orihuela nos encontramos con que el Marqués de Torre Octavio –Familia Vinader– paga por su molino de dos piedras de Santomera la cantidad anual de 4.800 reales de vellón. En esos años tendrá que competir con otro molino que se encuentra apenas a un kilómetro al sureste, el del Corregidor (1828-1861), en el Azarbe del Meranchón.

En enero de 1847, doña Teresa Gil Frutos, con permiso de su marido, don José Fernández Pérez, afianza con parte de sus bienes los pagos que debe efectuar Felipe Sánchez al señor marqués de Torre Octavio por el arrendamiento del molino de dos piedras de su propiedad, lo que pone de manifiesto, una vez más, que los oligarcas arrendaban sus molinos y casi nunca los explotaban directamente. En 1856, los propietarios del molino son, a media propiedad cada uno, don Rafael Hernández de Ariza y don José Vinader, que el 3 de abril de ese año compran terreno al vecino de tierra del molino, don José Capdepón, para ampliar la senda de acceso al mismo para carruajes, facilitando el transporte del trigo a los heredados.

Posteriormente, doña María de los Dolores Vinader y Vinader, el 29 de mayo de 1869, hereda de su madre, doña María Josefa Vinader Criado, la mitad del molino. El 12 de diciembre de 1902, don Rafael Hernández de Ariza y Vinader vende a don José Martínez Valero la mitad del molino ante el notario Pedro Martínez y Martínez, en Murcia. El 18 de diciembre de 1903, doña Dolores Vinader y Vinader vende su parte del molino a don José Martínez Valero, que pasa a ser el único propietario del mismo. El 31 de octubre de 1919, don José Martínez Valero vende el molino a Manuel Noguera Gómez ante el notario Luis Masares Muñoz, en Orihuela. Manuel construirá sobre el molino su vivienda, a la que tendrá acceso por el interior del molino y por una escalera en la fachada del mismo. Todos su hijos y nietos nacerán en él. La viuda de don Manuel Noguera, doña Antonia Martínez Fernández, cederá el molino a sus hijos Manuel y Joaquín ante el notario don Francisco Siso Cavero, en Murcia. Los lugareños ya no nombran el molino como de Vinader; lo hacen de dos maneras distintas: Bendamé, por deformación o mala lectura de Vinader –lo que hizo que, hasta recientemente, erróneamente, se creyera que era una obra de origen árabe–, o del Tío Noguera, su dueño. Otro nombre con el que se conoció al molino fue el de ‘los Caralos’, apodo con el que se conocía a la familia Noguera. Cerca del molino nace una vereda que aún conserva ese nombre.

En los años sesenta, el molino acabará con su actividad; ya solo muele maíz y, raramente, trigo, ya que casi no se cultiva este cereal en la huerta y además tiene la competencia de otros molinos en el casco urbano de Santomera que se mueven a vapor o con electricidad y, por lo tanto, no tienen dependencia de las tandas de riego del tercer tercio de la acequia ni conflictos con los regantes.

En 2001, el molino pasó a propiedad de Juan Manuel Noguera González, nieto del ‘Tio Noguera’, quien heredó el molino y también los problemas que este acarrea; el principal, el de su restauración, dadas las condiciones que para hacerlo le exige el Plan de Ordenación Urbana de Santomera, que tiene catalogado y protegido este bien e indica que figura inventariado en la Consejería de Cultura con el número 37013, con un grado de protección, lo que hace que las obras que se realicen en él tienen que seguir unas determinadas normas obligatorias, y dado que el estado de conservación no es muy bueno y se propone lo siguiente como actuación: «El grado de protección por el que está afectado es el estructural. Este tiene por objeto la conservación de los edificios, elementos y enclaves que se singularizan por su valor cultural, histórico y artístico, o su calidad arquitectónica, constructiva o tipológica dentro del edificio». Por tanto, solo se autorizarán obras de consolidación, restauración, derribos parciales y reconstrucción y rehabilitación. Para la concesión de licencia de obras será precisa consulta previa a la Dirección General de Cultura-Servicio de Patrimonio Histórico. Los criterios de intervención, que obligan al dueño a llevarlos a cabo, son los siguientes: «Deberá realizar las obras de conservación necesarias para evitar que continúe el estado de degradación de la edificación. En el interior se podrán realizar obras que mejoren las condiciones de habitabilidad manteniendo siempre las características estructurales del edificio. Deben realizarse obras de consolidación y restauración en los elementos que se encuentran en buen estado utilizando materiales y sistemas constructivos originales».

Restaurar el molino siguiendo los anteriores criterios era una obra inasumible para la familia Noguera, dado su elevado coste, por lo que se barajaron distintas soluciones para afrontar su rehabilitación, descartando la venta del molino –que hubiera sido la preferible para los propietarios–, casi imposible porque el comprador tendría que asumir la restauración: creación de una fundación en la que hubiera representación de la familia del propietario, Ayuntamiento y asociaciones de patrimonio locales; creación de una Asociación de Amigos del Molino; permuta de la propiedad por una futura parcela urbanizable; la donación del molino al Ayuntamiento o su expropiación por parte de este, para que se haga cargo tanto de su titularidad como de los costes de su restauración.

Finalmente, el 27 de abril de 2023, el Pleno municipal del Ayuntamiento de Santomera, después de llegar a un acuerdo con el propietario, tomó la decisión, por unanimidad de los representantes de todos los partidos, de iniciar el expediente de expropiación del molino. La responsabilidad de su restauración –que debe ser de urgencia– pasa a ser del equipo de gobierno que rija los destinos de Santomera. Acudir a fondos propios, fondos europeos, de la Comunidad Autónoma, mediante escuelas-taller, etc. pueden ser la solución o parte de ella.

Lo cierto es que cada día el molino está más deteriorado y el propietario ha apuntalado el interior para evitar un posible derribo. Se hace urgente una intervención para conservar uno de los pocos edificios centenarios que tiene el municipio de Santomera, sin el que no se podría entender su historia. Si este trabajo sirve para acelerar la toma de decisiones y rehabilitar el molino, el esfuerzo no habrá sido en vano.

Artículo de Blas Rubio García, cronista oficial de Santomera (publicado originalmente en patrimoniosantomera.es en mayo de 2023 y reproducido aquí con ligeras adaptaciones)

 

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