Página: Ermita del Calvario

Ermita del Calvario

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El primitivo Calvario, fundado por los mercedarios

El origen verdadero de los hechos históricos es difícil afirmarlo si no existen documentos que lo acrediten con evidencia. Ahora bien, por referencias posteriores, documentadas, y relatos tradicionales, es posible llegar a conocer ese primer momento del acontecimiento que interesa, observando otras circunstancias que ayudan a su conocimiento porque son indicios racionales. Y, por supuesto, nunca con absoluta seguridad.

Dicho esto, después de ojear curiosos documentos y meditar algunos de aquellos indicios racionales, estamos casi convencidos de que la ermita del Calvario –la primitiva, demolida por los años cuarenta del pasado siglo para edificar la actual– fue el primer lugar sagrado que tuvieron los cristianos santomeranos, aquellos repobladores catalano-aragoneses que llegaron con Jaime I cuando este monarca aragonés ayudó, en 1266, a dominar la rebelión de los mudéjares, levantados contra Castilla, soberana de todo el reino moro de Todmir desde que en 1242 –también con apoyo del rey de Aragón– logró la reconquista pacífica de todas estas tierras que luego fueron el Reino de Murcia. Acompañando a don Jaime I, marchaban los monjes mercedarios, orden cívico-religiosa fundada por San Pedro Nolasco y el propio Jaime I en 1218. La misión redentorista la efectuaban los monjes llevando siempre con ellos la imagen de Cristo Crucificado. De hecho, muchos templos, todavía hoy, regidos por la Orden de la Merced, tenían como titular a Jesús clavado en la cruz. Nada extraño es imaginar que los mercedarios inculcaran a aquellos primeros moradores del incipiente poblado –llamado originariamente Sant Amera– esta devoción.

Puede ser una conjetura. Pero, ciertamente, el obispo Comontes (1447-1458) nos dice que «…realete con Santomera, pertenecían, a mediados del siglo XV, a la Parroquia de Benifael -Beniel-, tomando referencias de 1366…». Por tanto, estos datos del obispo Comontes son a un siglo, aproximadamente, de la llegada de los mercedarios a estas tierras, y, lógicamente, aquellos cristianos de la reconquista de Murcia que repoblaron la zona de Santomera –tenemos constancia escrita– tendrían una pequeña ermita para celebrar sus cultos y, muy probablemente, estaría presidida por la imagen o algún símbolo de Cristo en la cruz, de cuya figura es especialmente devota la Orden de la Merced. Esta ermita pudo ser el primitivo Calvario.

El Cristo del Calvario, una antiquísima devoción

Después, sabemos, con documentos incuestionables, que enfrente mismo del Calvario –en la esquina que hoy forman la calle Salzillo y la carretera de Alicante– se levantó otra ermita, más grande, ya bajo el patrocinio de la Virgen del Rosario, propiciada por los dominicos de Orihuela que daban las misiones a los santomeranos, dependientes, en lo eclesiástico, de la Parroquia de Beniel, de la cual formaron parte, como anexo, hasta el 18 de enero de 1794, fecha en que Santomera se convirtió en vicaría perpetua.

Al aumentar la población, la pequeñez del primitivo Calvario era insuficiente. Construyeron la nueva ermita, manteniendo el viejo Calvario, con su Cristo Crucificado, mientras el nuevo templo, de mayor capacidad, era dedicado a la Santísima Virgen del Rosario, advocación de María, madre del Redentor, devoción muy querida por los frailes dominicos, que la entronizaron como patrona de muchas parroquias de la Región murciana. Esto sucedía antes del día 9 de septiembre de 1695. Tenemos plena seguridad de ello porque hemos encontrado una escritura notarial –Archivo Histórico, legajo 1661–, de esa fecha, en la cual Pedro Cutillas, Pedro Moratón y José Escudero adquieren el patronato de las dos capillas construidas a sus expensas en «la ermita del Rosario de Santomera» –casi con toda seguridad, las de la Virgen de los Dolores y Nuestro Padre Jesús Nazareno–, colaterales al altar mayor de la patrona. Además, en el libro de bautismos de la Parroquia de Beniel, iniciado el día 26 de mayo de 1683 –se desconoce si había otros libros anteriores–, se dice: «…El Cura Propio de Beniel y Santomera, su anejo, es el Lc. D. Miguel Antonio Moreno». También aparecen otros tenientes curas en esos documentos por tales fechas: Fr. Tomás Martí, D. Francisco Martinez de Olivencia y Fr. Hermenegildo Pérez de Tudela; este último debió ser el encargado de la ermita de Santomera, porque ese apellido, Pérez de Tudela, se sucede en este pueblo con cierta frecuencia hasta finales del siglo pasado; D. Antonio Pérez de Tudela fue alcalde constitucional de la Villa de Santomera en 1838, y también capitán de las milicias nacionales organizadas en este Ayuntamiento para defenderse de las incursiones de los carlistas.

La devoción de los antiguos santomeranos, no solo de los vecinos del barrio del Calvario –oficialmente, barrio de Zarandona desde principios del siglo XVIII, en honor a D. Jerónimo de Zarandona, corregidor de Murcia, que poseía 509 tahúllas en la acequia de Zaraiche en 1737 y, por tanto, personaje muy vinculado a Santomera–, por el Cristo del Calvario fue siempre grande. Por ello, cuando se fundó en Santomera –año 1874– la Asociación de la Caridad, bajo la advocación del Cristo de la Sangre y la Caridad, eligieron como patrono al Santísimo Cristo del Calvario, «…y haciéndose cargo de sus limosnas solemnizará cada año su Festividad», como se especifica en los viejos títulos de los socios.

Que la primitiva ermita del Calvario era más que centenaria lo prueba el hecho –los santomeranos ancianos lo recuerdan– de que el suelo estaba dos escalones más bajo que la calle, demostración clara de su antigüedad. Con toda seguridad, quienes hicieron el remoto templo tendrían la precaución de elevar el nivel del piso, en prevención de la entrada de las aguas; y, con mayor atención, teniendo en cuenta que, precisamente por allí, bajaban los turbiones de las lluvias torrenciales para, cruzando el badén del Camino de Orihuela –hoy, carretera de Alicante–, seguir su curso hacia la huerta. Estas precauciones han sido constantes en Santomera. Ahí tenemos nuestra hermosa iglesia, que después de siglo y medio de existencia –fue terminada en 1869–, todavía su piso domina la altura de la plaza y calles adyacentes.

Otra razón para pensar en El Calvario como ermita primigenia de Santomera es la tradición de siglos. La ermita del Calvario está ahí, presente en la devoción de los santomeranos, mientras casi nadie recuerda la primitiva iglesia parroquial en la que se celebraron cultos durante más de dos siglos.

La importancia de las viejas fiestas del Calvario

Aunque no definitiva importancia, también hace pensar en la antigüedad del Calvario la realidad de haber tenido siempre como mayordomos del Cristo a la familia Andúgar –la rama Vicente Andúgar Salvador–, los últimos Fernando, Rosario y Fulgencia, que recibieron el honroso título de su padre, fallecido en 1910, quien lo ostentaba, por tradición familiar, de sus ascendientes. Y es oportuno señalar que, según el Libro de Linages de Cascales, «los de este apellido tienen mucha Nobleza: el primero que de ellos vino á esta Ciudad por el año 1400 fué Rui García de Anduga, el cual fué llamado a Concejo por colaciones año 1404 y año 1406, y tubo parte en los Oficios, y cargos de esta Ciudad, él con los demás sus descendientes» [sic].

La familia Andúgar –todos los santomeranos mayores lo recuerdan– fueron siempre los camareros del Cristo del Calvario hasta que, terminada la Guerra Civil del 36, el párroco que vino a sustituir a D. Juan José Noguera –D. Amable Martínez Garrido–, en circunstancias raras, que fueron la comidilla del pueblo, consideró oportuno destituir de la Mayordomía del Cristo a los hermanos Andúgar y nombrar en el cargo a la ‘Tía Joaquina de la Balsa’, destrozando así una tradición familiar de siglos, y ¡vaya usted a saber por qué!…

Otra razón, muy interesante, es la existencia de una leyenda de las Fiestas del Calvario. Es de secular conocimiento que nuestros abuelos contaban de estas fiestas muchas cosas, que hoy nos pueden hacer sonreír, a tantos años de las fechas, que ellos decían conocer por haberlas vivido o escuchado de sus antepasados. Pura tradición oral. Hablaban los ancianos, con entusiasmo, de unas fiestas «más grandes que las del Rosario». Faltaban décadas para que la luz eléctrica llegase al pueblo y, como querían que los festejos lucieran en la noche grande del Cristo, colocaban alrededor de la ermita, colgados de las paredes de las pocas casas que había, unos mecheros de luz, alimentados con carburo o por torcidas de aceite… ¡Admirable entusiasmo!

Y ponderaban los puestos instalados en la Fiesta, que «nada tenían que envidiar a los de la Feria de Murcia, terminada al iniciarse la del Calvario. Pero, de todas las historias oídas, la verdaderamente interesante, que denota la antigüedad de las fiestas calvarienses, es la leyenda transmitida de padres a hijos –hoy, apenas se conoce– de que la Fiesta del Calvario era para «arreglarse» los «noviajes» que estaban «peleados», y propicia para iniciar, «con la promesa ante el Cristo del Calvario», esas relaciones de novios que quizá las parejas venían soñando largo tiempo… Y, claro está, resulta inevitable pensar en lejanísimos tiempos cuando existe una leyenda sobre lo que sucedía entonces… ¡Las leyendas, fábulas o mitos tienen un origen muy viejo!

En fin, hemos dicho que de las cuestiones históricas es muy difícil tener toda la certeza. No obstante, nosotros creemos en la antigüedad más que centenaria, de varios siglos, de la ermita del Calvario. Los santomeranos podemos enorgullecernos de ello, que bien merece nuestra devoción, cariño y sacrificios por algo muy entrañable que nos legaron nuestros antepasados…

Francisco Cánovas Candel, ‘El Calvario, ermita histórica’ (1996)

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